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sábado, 14 de febrero de 2015

Cuento diferente. Fantástico. ¿O no? Al ser humano no le importa nada solo sí mismo.

Bueno cumplido un cuento diferente, fantástico. Aunque no sé si tanto. Podría ser real; júzguenlo Uds. mismos. La intención es demostrar lo que puede hacer el ser humano con tal de salvarse a sí mismo sin importarle el dolor o el sufrimiento de aquellos que quizá podrían salvarlo.
 La flor... y la sangre.


  Era una mañana de sábado fresca. Demasiado fría y ladina. Lo suficiente como para odiarla. Siempre odie el frío aunque desgraciadamente todos los acontecimientos importantes de mi vida sucedieron bajo un congelamiento devastador. Iba a encontrarme con mi madre. Ella me había llamado a primera hora muy excitada; y por mucho que pensé y pensé cual podría ser la sorpresa que tenía para decirme aún no encontraba la respuesta. Aunque anhelaba que no tuviera ninguna similitud con sus anteriores problemas y terrores. Sus nocivos poderes telepáticos. Algo que a muchos les encantaría poseer, pero que para mi madre era un infierno en vida.
Caminé unos metros y la encontré sentada en un banco silencioso del botánico regalándole algo de comer a unas palomas hambrientas, intuyendo que no se trataba de migas de pan duro. Es que ella tenía esas cosas. Era demasiado singular y exótica; casi diría yo: sobrehumana. Además dentro de mi alma presentía que pretendía decirme alguna locura propia de su idiosincrasia, pero nunca hubiera creído que fuera para tanto.
Me acerque; estaba tan absorta en el tira y afloje con las palomas (las que parecían entender el juego y le agradecían revoloteando contentísimas a su alrededor) que ni se percató de mi presencia. Llegué a estar tan cerca de ella que dudé si se trataba realmente de mi madre.
- Eh. Ma. Ya estoy aquí. - Le dije.
- Ay... Perdoname, no te oí llegar. Estaba abstraída pensando en mi futuro.
- ¿Y cómo lo viste?
- Liberado como las palomas. - una típica contestación de mi madre.
- Bueno eso es alentador. Es una de las primeras veces que te escucho decir algo alentador.
- No todos nos quedamos en el pasado. Algunos crecemos y nos renovamos
- Que frío dios mío – acoté como para frenar las contestaciones típicas - Las palomas parece como si no lo notaran ¿no?
- Lo sienten y mucho, pero si les prestas un poco de atención o un poco de cariño sobrevivirían hasta en el polo sur.
Después de transcurrir unos segundos en silencio me preguntó sobre Daniela, mi actual mujer, y yo le contesté:
- Está rebosante de alegría. Vos sabes la dulzura que adquiere cuando está rodeada de chicos... Pero supongo que no me llamaste para hablar de palomas y de Daniela. ¿Para qué me llamaste en realidad? Cuál es la razón para juntarnos acá, y no me digas para que aprecie la vida, la naturaleza o la paz.
- No, aparte de eso... ¿No notas algo nuevo en mí?
Lo pensé bien antes de contestarle. De mi conclusión dependía el humor de mi madre en los próximos minutos. Pero como la curiosidad estaba matándome me arriesgué.
- Si, te veo... No sé... Como llena de paz. ¿Puede ser?
- Si, exacto, hace unos días atrás alcancé una importante conclusión para mi vida. Una decisión que también te atañe a vos. Sos la única persona cercana a mí y el primero en enterarte.
Temí lo peor. Juro que en ese instante los ruidos disminuyeron al punto de poder escuchar como el aire circulaba presumido a través del día, de mi madre y de la engreída arboleda que nos rodeaba. Cuando el sonido brotó por sus labios, condensándose en vapor y palabras, escuché una de las locuras más extravagantes que se le podían ocurrir a un ser humano.
- Voy a vender algunos de mis órganos.
Traté de reírme, sin embargo me fue imposible... Sentí ganas de llorar.


Terminada aquella esclarecedora plática abandonamos el Botánico. Las palabras fatigaban, y los pensamientos se transformaban en un cliché.
- Esto es algo nuevo y no es nada malo, no te preocupes. - me dijo tratando de calmarme - lo pensé mil veces, ya cuando conozcas los detalles sé que me vas a apoyar.
Ya pisoteando la avenida me solicitó que la acompañara hasta su nueva casa en Paraguay y Maipú que en realidad no era de ella sino de Marcela una clienta suya de muchos años que vivía en EE. UU. Tomamos un taxi en Plaza Italia, pero antes de entrar me quede un segundo pensando, sosteniendo la puerta helada y ella me dijo:
- Ezequiel vamos ¿qué te pasa? subí de una vez que las buenas ideas no suelen esperar a los lerdos.
Entré confundido; aglomerándome silencioso a su lado. Compartimos el mismo hueco para las piernas aunque ella se apoyó delicada y reflexiva contra su ventana. Las explicaciones sobre la descabellada idea de vender sus órganos martillaban incisivamente mi conciencia; sabía que aquello de vender sus órganos era el germen de algo mayor y tenebroso.
En anteriores momentos de su vida ella había gozado de un don especial: la telepatía. Nunca supe de alguien que gozara del mismo atributo que mi madre. Aunque, por momentos, dudaba si era un don o un calvario porque le había traído graves problemas durante casi toda su existencia.
Mientras el taxi seguía marchando suavemente por Santa Fe hacia el departamento de Mónica como mimando la avenida recordé algunas de las inolvidables charlas de infancia que teníamos con mi madre. En realidad recordé viejas biografías, atávicos traspasos de información por vía telepática sobre su infancia y su crecimiento como ser humano. Es que telepáticamente era la forma que más le gustaba a mi madre para conversar conmigo. Especialmente traspasándome ella sus vivencias.
- Hablar es para los animales - decía.
Algo así como si en esos momentos yo estuviera viviendo los acontecimientos vividos anteriormente por ella. Una experiencia única, pero al mismo tiempo demoledora. Sin darme cuenta que el taxi avanzaba recordé cuando a los diez años ella arriba a Buenos Aires saturada de ilusiones. Con persistencia me transmitía mentalmente vividos relatos de su infancia en Chascomus. Y eternamente la imagine remando solitariamente en la laguna en un diminuto bote de madera. Era curioso aquel recuerdo. En sus narraciones jamás aparecía la laguna. Invariablemente aparecían los árboles, el cielo, las vacas, las abejas del abuelo y la ruta 2 donde ella consumía tardes enteras al borde del ardiente asfalto sumando los números de las chapas de los autos y los camiones que circulaban vertiginosos. Una de sus máximas aspiraciones infantiles era volar. Y así pobló mis sueños de niño: dirigiendo su alada conciencia hacia la mía.
Cuando vino a BS. As. Solo la acompañaban su madre y un hermano que años más tarde se marchó a Córdoba y nunca más lo volvió a ver. Apenas llegaron vivieron en una especie de pensión. En realidad era un colegio tomado. Del cual alguien había transformado sus aulas en habitaciones de familia y por unos pocos pesos te tiraban ahí como chanchos. Solamente en el aula donde ellos residían vivían otras diez familias más; todas hacinadas, apretujadas y con un solo baño compartido.
- Es que no teníamos dinero para alquilar y debimos conformarnos con esa escuela - me decía mentalmente.
Vivió ahí casi diez años y fue ahí donde conoció, como ella lo llamaba, a su mentor mental: el señor Frederick, un dinamarqués que al instante de conocerla le dijo que ella poseía un don especial y él iba a enseñarle a usarlo con sabiduría.
 Mi madre tenía 12 años en ese momento sublime; y puedo jurar que yo lo viví como si me hubiera pasado a mí mismo. Es que ella sabía narrar su existencia con una parsimonia y efectividad sin parangón. Cuando me relataba, también ingresaba delicadamente en mi mente para ayudarme a comprender, despojando las vivencias de inentendibles para así poder vivirlas como propias. En parte le agradezco esa actitud, pero en contrapartida no se diferenciar entre mis propias vivencias y las de ella, como si mi propio eco regresara a mi cargado con otras palabras.
El señor Frederick le enseñó los vicios del poder mental, del tarot, de la adivinanza y de la nigromancia. Incesantemente procuramos que yo también las aprendiera, pero me fue imposible. Según su opinión: yo no contaba con un maestro como el señor Frederick; y ella jamás había alcanzado el estado mental suficiente como para poder enseñar. Lo cierto fue que manejó su mente hasta arañar los treinta años con un virtuosismo sin parangón. Utilizándola a veces para su propio provecho. Cuando la abuela murió no los echaron ni a ella ni a su hermano de la escuela. Perduraron unos años mas aunque ya no cumplían con el pago del alquiler exigido por los usureros y contra un sin fin de familias que solicitaban el espacio de ellos a diario.
Frederick le enseño muchas cosas. Siempre trato de inculcarle cual era la esencia de la bondad. Ella hacía lo que podía. A veces se aprovechaba de sus poderes y, por ejemplo, no estudiaba y después leía las respuestas de las mentes de los demás alumnos y otras cosas de no muy alta malignidad. Frederick falleció, según ella, cuando todavía no había terminado de enseñarle todo. El pobre hombre murió sumido en la pobreza y completamente triste y solo.
- Yo me había dado cuenta que estaba por morir- me dijo ella - Es difícil de explicar cómo pero así fue.
- Y se lo dijiste.
- Si, y me contestó que el también ya lo sabía; hacía mucho tiempo. Y que yo, tras su muerte, debería continuar aprendiendo por mi sola el control mental y utilizarlo. Cuando le pregunté en que debía usarlo me contestó con estas mismas palabras: ya lo sabrás en algún momento lo sabrás vos solita.
Yo, al igual que ella, esperé incansablemente a través de los años ese momento. Cuando por fin lo supo yo ya estaba casado, ella estaba vieja y el mundo enloquecido.


El taxi dobló acalorado por Maipú fustigando la suspensión y llegamos al departamento de Marcela, la actual vivienda de mi madre.
Marcela, la amiga de EE.UU. (que no era tal, era más argentina que el dulce de leche) poseía un dúplex en Paraguay y Maipú y mi madre lo ocupaba  algunas veces a cambio de cuidarle el perro. En el centro del living, como un cóndor en su propia cordillera, divisé a Indra Deví (la canaria que acompañaba a mi madre desde que tengo uso de razón) saltando alborotada en una enorme jaula. Una jaula en la cual debería sentirse gustosa y casi en libertad.
- Esa jaula es un regalo de Marcela; a ella le encanta Devi. Hay café en la cafetera la enchufo y te convido con uno ¿querés?
Acepté. El apartamento lucía un ordenamiento y limpieza imposibles para una visita sin programación previa. Algo me extrañaba de esa armonía y le hice saber mi inquietud a mi madre.
- Ahh. Perspicaz. Es que ahora vienen los del canal dos para hacerme un reportaje. Preciso de mucha publicidad para mi emprendimiento. Es fundamental.
- ¡Qué! ¿Cuándo van a venir?
- Ahora mismo. Necesito que estés conmigo... Que me apoyes. Por favor. Por eso te llamé.
Sonó el timbre. Mientras pensaba cuales iban a ser mis próximos pasos, o la manera más sigilosa posible para escaparme sin percatarme del tiempo transcurrido desembarcaron los del canal. Un hombre vestido con un saco azul y una corbata extravagante y dos encargados de las cámaras. Atestaron el piso de cables y el living de luces y micrófonos, como si fueran los tentáculos de un enorme pulpo asesino. Mi madre me presentó como su hijo. Me quedé petrificado pretendiendo formar parte de la decoración mientras le hacían el reportaje, pero no dio resultado.
Durante varios años, por esas cosas de la vida, estuvimos separados. Ella se había convertido en una gran mentalista y curandera muy reconocida en la provincia y los medios de comunicación. La gente la llamaba "Olga la gran mentalista". Se había instalado en Valentín Alsina y efectuaba casi sin descanso operaciones sin anestesia, (hecho fundamental de su notoriedad), diluía tumores, curaba resfríos y combatía todos los males y afecciones del alma. Y yo termine mis estudios y me case. Cuando me entere de su fama entusiasmado y contemporáneamente azorado: decidí ir a visitarla.
Me enteré que "Olga" había conseguido su popularidad y fama de curandera eficiente de boca en boca. Hasta que, ineludiblemente, llegaron las cámaras y la prensa a inmortalizar su esotérico trabajo. Justamente el día de mi solitario arribo a Valentín Alsina estaban haciéndole un reportaje televisivo. Filmaban una de sus misteriosas operaciones: la increíble extracción, sin anestesia ni dolor, de un tumor de la panza de una vieja enferma. Al parecer, me contaron los mirones y devotos, la paciente, una vieja de setenta años: albergaba un tumor maligno en los intestinos que la estaba consumiendo. 
- A mí, días atrás, me tocó el estómago nada más que con una mano y por la noche me liberé de la solitaria - me comentaba con veneración una mujer arrugada y flaca - El bicho salió solito cuando estaba en el baño, tenía como 10 metros de largo, mire usted. Hoy vengo para que la santa me devuelva la voluntad de comer.
Me acerqué. Ya en el patio delantero de la casa esperaban en fila unas cien personas entre mujeres, hombres y niños. El olor a transpiración se sentía artero y penetrante pese a estar al aire libre. La mayoría de las personas esperaban ser atendidas con vendas en distintas partes del cuerpo o enfermas, tosiendo y escupiendo el piso y gimiendo de dolores incognoscibles. Algunos entrometidos se arrimaban indiscretos a la ventana para observar el interior de la casa. Cuando me acerqué recibí una mansalva de protestas y gritos. "Oiga yo hace cuatro horas que estoy aquí esperando para entrar no se cole" y no me permitieron el paso. Por suerte una portentosa mujer, rubia y alta salió del interior de la casa y vino directamente hacia mí pronunciando mi nombre alegremente. La hermosa mujer, que desentonaba entre el tumulto por la vestimenta suntuosa y el cutis amiláceo al parecer me conocía; "Sos igualito, igualito a la imagen tuya transmitida mentalmente por tu madre; la misma expresión de enamoradizo" me dijo. Más tarde descubrí que era Marcela, la del departamento de Paraguay donde ahora estoy esperando la finalización del reportaje. Entramos.
Cuando ingresamos en la casa de Alsina lo hicimos directamente por una puerta lateral al living. Ahí estaba montada la sala de operaciones y consultorio de la mentalista. Una habitación con jirones de mampostería húmeda colgando del techo, un par de asientos de caña envejecidos y deshilachados, las paredes en evidente estado de dejadez y el piso de madera con polvo acumulado de dos o tres otoños por lo menos; en fin: fastidiosamente sucia como ambición de hospital. Pero, al parecer, entre las cámaras y los potentes reflectores negligentes se veía a mi madre al borde de una camilla de metal donde yacía acostada la mujer del tumor completamente confiada en lo que le estaban haciendo. La mujer miraba el techo de la habitación sin denotar dolor, ni cansancio, ni asomo de irritación. Todo lo contrario: se reía. El olor a miedo solo era patrimonio exclusivo de los espectadores. Mi madre había realizado en el vientre de la mujer una profusa incisión sin algodones ni esterilización; los únicos instrumentos, acechando aburridos dentro de un vaso alto como cepillos de dientes: eran un escalpelo y una pretensión de pinza médica. Nada más. La incisión, de unos seis centímetros de largo, era formidablemente profunda. Las paredes musculares y la grasa abdominal se adivinaban a través del surco pero, irracionalmente, las gotas de sangre no estaban invitadas al show. La abertura, fantástica en el cuerpecito de la vieja (tanto que mi madre perdía los dedos hasta los nudillos en el agujero rebuscando el escurridizo tumor): dilapidaba tranquilidad. Mi madre relataba el movimiento de sus dedos con lujo de detalles. Como no había sangre todo se veía con mórbida claridad; nombraba los músculos y los órganos como si los conociera, como si fuera una cirujana avezada. Las cámaras recorrían estupefactas la mesa y por momentos se observaba a la señora del tumor como, distraídamente, se acomodaba el pelo teñido sujetado por una banda de metal en la frente.
Concluyó la operación y con mi madre nos encontramos en una habitación lateral de la casa. En las paredes de ese cuarto se amontonaban, en un sin fin de frascos, diversas formas orgánicas irreconocibles. Trofeos de anteriores batallas, pensé. No necesité preguntar que contenían esos frascos con formol; era evidente. Mi madre desde que había salido de la sala de operación lucía, en la cabeza, una especie de gorro de metal con lamparitas de colores adosadas como si fuera una corona de espinas y unos dibujos incaicos entrecruzados. Por atrás del "aparato" sobresalía un cable trasparente de unos cuatro metros de largo con un conector en el extremo. Antes de sacárselo me propinó un abrazo inagotable. Mi frente chocaba contra el susodicho adminículo.
- No te asustes. Es un nuevo invento mío. Un transmisor de energía cerebral. Viste la señora que operé, bueno ella tenía uno igual en la cabeza, es el receptor y estábamos conectadas por este cable.
- Vi algo parecido al tuyo en la cabeza de la señora pero sin esas lamparitas de colores. Más bien creí que era un sujetador.
- Pero no lo es y las lamparitas fueron un consejo de Marcela para que parezca más futurista - me dijo acercándose y en secreto.
- Es genial - agregó Marcela desaforadamente - lo conecta a las personas y recibe todo. Recibe sus pensamientos, sus emociones y puede transmitir los suyos. Es una genia.
- Si y como habrás observado bien puedo controlar el dolor ajeno, los nervios y la ansiedad.
- Y practica las operaciones así nomás - Aseguró Marcela como si estuviera hablando de un dios - sin anestesia ni ambientes controlados; los microbios o los parásitos no se le acercan; es increíble, deben tenerle tienen miedo pienso yo
- Un ambiente aséptico quisiste decir con eso de microbios y parásitos. Ni siquiera preciso lavar los instrumentos. Los lavo nada más que para causar buena impresión.
- Pero ese aparato que inventaste es increible - dije yo asombrado - podría causar una revolución social. ¿Lo puede usar cualquiera?
- Claro, desde ya, solo tengo que fabricarlo a la medida de su cabeza y enseñarle a manejarlo. Pero no tiene precio. Y además todavía estoy descubriendo sus posibilidades.
Me lo mostró. Yo no noté diferencia alguna entre la cruza de un casco de motocicleta y un colador de fideos. Las lamparitas de colores, como una corona de espinas de neón me causaban gracia. Mi madre se dio vuelta, (no me había percatado cuando se lo quito) y tenía la zona posterior de su cabeza pelada. Al verme atontado me dijo señalándome algo en el interior del casco.
- Es para que este metal - me mostró el interior del artilugio - ¿lo ves? Bueno… es para que entre en contacto con el cerebro. El pelo distorsiona. Por ahora.
 Cuando le pedí detalles sobre su funcionamiento me explicó que una noche de Navidad, exactamente ese mismo año, como tantas otras desde que salió del hospital psiquiátrico, la teoría del funcionamiento del casco se le presentó como una iluminación divina.
- ¿Un hospital psiquiátrico?
- Si es que perdí mis poderes mentales vos lo sabes. Y bueno quizás me extralimite un poco y me encerraron por sufrir ataques de histeria. En realidad no podía controlar mi mente, me dolía, me atormentaba como si tuviera elefantes corriendo atemorizados entre las orejas. Por suerte en el hospital me sedaron y cuidaron hasta que una tarde los ataques cesaron de repente. Perdí los poderes mentales completamente y creí, hasta ese día, que jamás los iba a recuperar.
- El mundo se hubiera perdido de una persona increíble. - Agregó Marcela idolatrándola.
- Bueno no es para tanto, fue un poco de suerte también.
- Contale – le alentaba Marcela que no podía borrar esa expresión de estar hablando de un dios en vida de su rostro - contale como los recuperaste.
- Esa noche de Navidad acompañé a una niña enferma de cáncer en el hospital Argerich. Una enfermita que no tenía con quien pasar la Navidad...Yo tampoco tenía con quien.
- ¿Y yo que? porque no viniste a verme o no me llamaste. - le dije
- Bueno, no fue un reproche, créeme, cuando estaba con vos la cabeza me estallaba. Además no quería que me vieras en ese estado.
- No pensaste en algún momento... que yo debía decidir en qué estado quería verte… eh.
- Bueno ya está dejemos el pasado. Ahora estas aquí y eso es lo que cuenta. Bueno como te decía estaba con la niña y las dos nos quedamos dormidas ella acostada en su cama y yo al borde de la misma. Soñé con el aparato. Me vi armándolo exactamente igual, sin las lamparitas por supuesto, a como lo ves ahora. Y bueno no hice más que obedecer mis sueños.
Apoyó el artefacto en la mesa. Sonó a hueco; como si nada hubiera en su interior.
No me creí en ningún momento que fuera un transmisor de ondas cerebrales.


Ahora sé que no lo era. Ella se valió del inservible transmisor para recuperar psicológicamente sus poderes y la voluntad de aplicarlos. Pero no fue consciente de ello. Por eso asimiló y defendió la idea de un aparato transmisor. Fue el momento de su existencia donde gozó del don de la telepatía en su mayor plenitud. Curó y ayudó a un millar de personas y practicó incontables operaciones inauditas. Ejecutaba más de seis operaciones diarias en esos días de esplendor. Se hizo famosa. Los científicos, escépticos, deseaban estudiar su invento y el mundo, o ella misma, la marginó. La creencia de un aparato transmisor de las ondas cerebrales eclipsó todos sus demás logros. Un día un hombre cayó en su vida para demoler todos sus aciertos; para convencerla de fabricar los artefactos en serie, venderlos y enseñarle a la gente a utilizarlos. La llenó con la fantasía de que ese aparato tenia infinitas aplicaciones; seria reconocida mundialmente y transformada en una Mesías universal y gran maestra de la ignota disciplina telepática. Indudablemente se lo creyó. Por amor; por esa ceguera del corazón tan maldecida por ella. Una ceguera similar a su creencia, casi diría placebo, de efectuar los actos mentales por intermedio del aparato.
Por supuesto el cacharro en serie resultó un fraude. La prensa amarilla y los nihilistas de siempre arremetieron contras su figura; la arruinaron de la noche a la mañana; llamándola mentirosa públicamente; eclipsando completamente su magna obra de bien. Y aquel hombre, solamente un negociante inescrupuloso, le hizo un juicio por fraude. Pocas personas recordaron en esos momentos de decadencia que ella las había ayudado.
Y solo los más allegados supimos que volvió a perder su don.
Antes de este día intentamos de mil maneras que los recuperara. Porque a ella le era imposible vivir sin ellos. Le propuse fabricar juntos otro transmisor de energía similar al anterior para recuperar sus poderes. Lo hicimos, pero, esta vez, su inconsciencia estaba avisada del engaño.
Al final, antes de desaparecer por completo, vivió conmigo y algunos fines de semana en el dpto. De Marcela. Cuando yo me case con Daniela se fue a vivir a una pensión. Ya no quería vivir conmigo. Se consideraba un estorbo.
Así llegué al día de hoy. Presenciando repetidamente otra de sus locuras. Como siempre ella tenía un acercamiento especial con el periodismo y la fama. Y ahora, en el departamento de Marcela, aprovechaba esa unión.
Antes de que me llamara para hablar discretamente fui y me escondí en el baño. Culminó el reportaje y la encaré enfurecido. No me sirvió de nada. Tenía todo preparado con antelación. Había conseguido que una reconocida clínica citadina le efectuara la extracción de un riñón para vender y, previsora, también había conseguido el comprador. Me retiré ofuscado.
Tres días más tarde me enteré por la televisión que la operación había sido todo un éxito. Y el riñón de ella se asimilaba al organismo de un niño que ya se había dado como insalvable. Pero aquello no terminó ahí. El niño receptor era sordo mudo y, con la instantaneidad de un presentimiento, comenzó a hablar.     
La prensa camaleónica suele treparse asiduamente a acontecimientos de este tipo con todo su aparato e idiosincrasia y exprimir el jugo de este tipo de noticias con alevosía. El rostro de mi madre ocupó todos los programas de televisión y las tapas de los diarios. Miles de personas le enviaron cartas rogándole que les vendiera algún órgano o cualquier otra parte de su cuerpo. La desmembrarían viva si de ellos dependiese. Con el dinero de la venta del riñón compró otra casa en Valentín Alsina a tres cuadras de la anterior y ahí instaló su bunker. Me llamaba por teléfono a diario solicitándome que fuera a visitarla, pero yo no podía verla en ese estado; depredada. Al final ella tenía razón. Pero no necesité ir hasta su casa para verla en decadencia porque, en el término de un mes, su figura, su rostro, su cuerpo fue mutilándose pública y terroríficamente en un frenesí de autoflagelación sin par. Un día aparecía en un programa televisivo con un ojo menos y un parche comentando alegremente sus vicisitudes. Seguido de algunas personas que sanaban milagrosamente. Al otro le faltaba una oreja. Los días la consumían. Las revistas la retrataban comentado cada uno de sus cambios y mutilaciones y mostrando fotos del antes y después. Una noche en que ya no le quedaban más órganos y partes inútiles del cuerpo para vender se acordó de la niña del hospital y me solicitó que la fuera a ver por ella. Pretendía regalarle un órgano o parte de su cuerpo para que se curara; pero la niña, según los archivos del hospital, había muerto hacía años. Fue ahí cuando comprendió lo errado de su derrotero existencial. 
Lloró desconsoladamente por el teléfono cuando le di la noticia. Y, a pedido de Daniela, decidí apoyarla sin condiciones. A partir de ahí nos trasformamos en sus voceros personales. Marcela, Daniela y yo; entramos en el frenesí y formamos parte consciente del mismo.
Como el deseo más ferviente de mi madre era ayudar a los pobres; y no podía ayudarlos regalándoles su cuerpo porque no había manera objetiva de elegir a quien sin dejar muchos inconformes "Solo dios puede tener ese poder de decisión sobre la vida humana" decía: se propuso rematar lo poco de carne que le quedaba. Rematar públicamente los órganos sobrantes y con el dinero recaudado crear una fundación pro ayuda del enfermo indigente. En cierta forma era una decisión inútil porque a la fundación la precedían médicos de distintos hospitales y ellos serían los encargados de decidir a quién ayudar y a quién no.
Poncio Pilatos no tuvo tanta inteligencia.
Las operaciones de extracción de partes de su cuerpo comenzaron una semana después de decidirse. Primero los dedos uno por uno. Pagaron cifras millonarias por un dedo. Se descubrió que los pedazos de su cuerpo también tenían poderes curativos. La gente, la mayoría millonarios, guardaban estas partes en frascos con formol. Más tarde se remataron en estuches especiales. Un día remató sus brazos, primero los antebrazos y después los superiores. Con Daniela debíamos ayudarla a alimentarse y yo lloraba casi todas las noches arrepentido de seguirla y no frenarla. También remató sus piernas de a partes. Venían de todos los rincones del planeta a los remate. Le fabricaron una silla de ruedas especial que manejaba mediante una palanquita con la boca. Por todos los medios procure frenarla, pero no me escuchaba. Vendió el otro ojo y quedo ciega. Los dientes. Al final comenzó a rematar los órganos necesarios para la vida como el otro riñón y estaba de aquí para halla con un aparato purificador de sangre conectado al cuerpo. Parecía un pedazo de carne sin brazos ni piernas; con cables y tubitos emergiéndole por los costados como un monstruo, o una célula gigante. Pero su rostro era la viva imagen de la alegría y la paz.
Remató el hígado; y fue en ese momento que casi se muere. Se puso toda amarilla y vomitó sangre durante días. Ahora pienso que una muerte prematura hubiera sido una bendición. Se quitó el cuero cabelludo y también lo remato por partes.
Lo anteúltimo que hizo fue rematar su corazón. El remate incluía una implantación, pero su cuerpo no resistió el nuevo corazón sintético, y precisó de estar conectada a un corazón mecánico axial de por vida.
Ya no podía entregar más órganos y, esa misma tarde que le conectaron el corazón axial me dijo:
- Ya está, no puedo más ¿para qué seguir viviendo?
- ¿Por qué viejita? ¿Porque debía ser de esta manera?
- Es que no lo entendés hijo. Es parte de mi destino. Tanto esfuerzo y jamás recupere mis poderes. Tanto esfuerzo y no sirvió de nada.
- Entonces ¿Por qué continuaste con esta locura?
- Porque me hubiera vuelto loca Ezequiel ¿No lo entendiste todavía? Cada operación, cada dolor por un pedazo de mi cuerpo extraído, arrancado, mermaba el dolor en mi cabeza. Y la angustia y la desazón. Nunca fui tan feliz desde que nací como ahora ¡Créeme! Y he ayudado a muchas personas... eso creo no.
- Jamás te lo agradecerán. Hasta aparecen caricaturas de vos en revistas de humor.
- Ya lo sé. Daniela me lo dijo también y me parece que también crearon una especie de heroína de historietas con poderes mentales o algo así.
- Si, sin cuerpo y con un casco transmisor de ondas cerebrales.
- Bueno, ya está hecho, no se puede volver atrás. Aparte, probablemente, esa sea la única forma de alcanzar la vida eterna, recordada por una caricatura. ¡Que hipócrita puede ser el mundo cuando se lo propone!... Ahora, solo me falta el epitome.
- Pero...
- Sssccchh... sin peros... vos sabía, si me dejabas, si me dejaste hasta ahora: que no puedo vivir así conectada a aparatos extraños de por vida. Vos sabías cual era la culminación de todo esto. Y sabes también cuanto te amé mientras viví.
Todo se repetía indudablemente. Aunque ahora los aparatos no los llevaba conectados al cerebro y no eran de su fabricación.
El día final sobrevino tan rápido que no pude ni siquiera despedirme de ella como debía.
Me encerré en mi casa y no salí hasta ese día mismo momento. Marcela y mi mujer se encargaron alegremente de los preparativos. La clínica instaló sus aparatos en Alsina; en el living de la casa.
Fui a verla.
Los hechos se repetían atemporalmente.
Un millar de personas impacientes rodeaban la cuadra; había en los alrededores casi tanta gente como en un partido de la selección. En el patio de la casa habían instalado el salón de la subasta disponiendo filas de sillas para los adinerados que comprarían el último ofrecimiento de mi madre. La base era de un millón de dólares. Por televisión emitieron un programa especial para el acontecimiento; psicólogos, mentalistas, adivinos, científicos, genios y locos de atar derramaban sus opiniones frente a las cámaras y los periodistas; los televidentes llamaban al canal sin descanso dando sus opiniones; parecía que nadie tenía otra cosa más que hacer que estar frente a sus pantallas o la radio sorbiendo los finales de la vida de mi madre. Pocas personas además de los operadores de las cámaras, los periodistas, el grupo de médicos y los allegados de mi madre tenían acceso al recinto de la operación. Daniela, Marcela, Gandhi, Indra Deví su canarita (que aunque no lo crean, aunque opinen que no es necesario contar esto: murió al otro día) y yo: presenciamos el show estáticos a un costado. La gente gritaba enajenada en las calles y entonaba canciones de "Y Olga no se va... no se va… Olga no se va..." Había pancartas y carteles alentadores que decían "Olga te queremos", "Gracias Olga". Y entre la enloquecida turba pude divisar a ese conjunto de locos que se llamaban a si mismos el grupo de adoradores del culto a Olga; hombres y mujeres orando con los ojos emparchados, las manos enguantadas, las orejas tapadas, el pelo arrancado en una parodia insensible de mutilación. Del otro lado, en el patio trasero, los adinerados esperaban con impaciencia. En sus rostros se dibujaba la tensión de ganar la puja. En todos ellos observé la misma tensión que se tiene al apostar en las carreras. Eso fue lo que saque en claro. El show era una carnicería y todos esperaban apasionadamente su parte de la res. Y yo, desdichadamente, no podía hacer nada para evitarlo.
Por fin el show empezó seducido por un silencio sepulcral. Un cirujano canoso, con las manos temblorosas por la fama, desconectó uno por uno los aparatos que mantenían a mi madre atada a la tierra. Primero anuló el riñón artificial y la gente aplaudió y gritó descontrolada. Unos redoblantes (que no ubiqué su origen) anunciaban cada uno de los movimientos del cirujano con delirio. En un paroxismo de antología, acto seguido, desconectó el hígado y más algarabía y frenesí sacudió el recinto como un tornado adulador. Alrededor el mundo estallaba en gritos. La gente se desmayaba. Enloquecía. También algunos de los ricos en sus asientos eran socorridos por paramédicos. A corolario: desconectaron el pulmotor. La única manera de notar el funcionamiento del pulmotor era mediante unas luces que le habían puesto arbitrariamente alrededor al aparato como una corona de espinas (todo se repetía); y, aunque, los motores de los pulmotores son extremadamente silenciosos: este hacia un ruido descomunal y dejó de hacerlo cuando el doctor bajo la palanquita (también arbitraria). Mi corazón me empujaba a llorar, a saltar y parar todo esa locura y a rezar. El esfuerzo de la gente amontonada en el exterior por mostrar su presencia me hacía sentir insignificante. Y traidor. Creí que las paredes sucumbirían ante tanto alboroto y ansiaba que mi madre estuviera escuchando todo ese aliento ensordecedor. Por último, el insensible cirujano, desconectó el corazón axial. Una de las médicas se desmayó tirando al piso la mesa de instrumentos. Entonces el universo dejo de respirar, todo se silenció. Solo se escuchaban algunos sollozos y gemidos. De mi madre solo se veía la cabeza sobresaliendo del pulmotor, sin pelos, sin ojos, sin orejas. Pero puedo asegurar que me miraba. Sentí frío. Mucho frío.
Entonces de imprevisto las cámaras y los sobrevivientes del recinto depositaron sus miradas en el monitor cardiaco. Arbitrario por supuesto. La línea quebradiza quedó constante y el pitido continuo chilló más penetrante que la sirena de una ambulancia.
Clínicamente mi madre estaba muerta.
Sin corazón.
Fue un desastre. La gente enardeció al unísono. Saltando y golpeando las ventanas. Gritando desaforadamente. Pero las cámaras otra vez salvaron la precaria situación apuntando hacia la muestra del encefalograma (lo único no arbitrario). Las agujas fanatizaban el papel que no daba abasto. El cerebro de mi madre se resistía a morir. Transcurrieron minutos larguísimos, o eso nos pareció, bajo el rebosado de un silencio abrumador, cuando por fin las agujas desfallecieron. Curioseé a través del enorme televisor instalado en la sala como la gente lloraba desahuciada, las cabezas bajas, el dolor instalándose en el público; royendo mi alma. El cirujano se dispuso a cercenar la cabeza de mi madre por la frente con un láser; pues el lacerante rechinar de una sierra seria insoportable de sobrellevar. Afuera algunas personas gritaban "Paren. La están matando"; "Está viva, yo la siento, déjenla" Y el "Ooooo" generalizado retumbaba amedrentador en las ventanas. Cuando por fin el cirujano verdugo canoso terminó su trabajo: retiró la tapa del cráneo perfectamente seccionado semejando un cofre de tesoro y saqueó al cerebro inerte de mi madre con sus manos impiadosas. Por la felicidad denotada en sus facciones el hombre debería creer que se trataba de un parto, que estaba dando vida en vez de silenciarla. Tomó la masa arrugada y la alzó frente a una de las cámaras (le faltó la palmadita). Lo mostraba. Mostraba al cerebro de Olga, la gran mentalista, triunfante. Y la gente deliraba de emoción.
Inmediatamente pusieron el cerebro inerte en un recipiente sellado transparente y lo llevaron al patio. También hicieron lo mismo con el cuerpo mutilado. Empezó la apuesta; la masacre económica.
Yo fui un espectador tangencial de todo aquel episodio odioso y arrollador. Pero hoy, ya pasado todo, sé que no podría haber hecho nada para detener aquel delirio. Me quede ahí, quietito, con los sentidos atornillados al piso; mientras, afuera, el retumbar continuaba exponencialmente y desde el patio se escuchaba " ¿Quién da más?" "¿Quién da más?" y los golpes del martillo traicionaban la naturaleza.
Además, en el momento preciso en que las agujas del encefalograma deliraban: por mi mente desfilaron vividas imágenes de mi madre feliz, sonriente, en paz.
De la luz brillante, fraternal y benigna allá en el fondo llamándola sobreprotectora y de ella sumergiéndose en ese tibia claridad segura de sí misma.
Lo último que escuché; que sentí en realidad, con la misma vos endulzada de mi madre fue:
- Estoy contenta.
Y las imágenes en mi mente cesaron en un latido como se apaga un tubo de rayos catódicos.





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La flor... Y la sangre por Daniel Ramón La Greca se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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